19.9.10

Plekzsla: la segunda observación

Había pasado un tiempo desde aquél "nacimiento" de sí mismo, aunque Salpúvedo estaba cada vez más seguro de que él existía desde mucho antes de aparecer en ese mundo de novedades.
En ese tiempo Salpúvedo se había convertido en una esponja que chupaba palabras y actitudes y comportamientos y costumbres, y jugaba frecuentmente a ser humano y a hacer contradicciones, juego que lo divertía infinitamente.
Normalmente jugaba por las noches, cuando los humanos dormían, hecho que también le parecía extraño porque a él nunca le pasaba eso de quedarse rutinariamente inmóvil, recostado y tapado durante largas horas. A veces jugaba a ser una chica que salia a comprar ropa, y que cuando encontraba algo que le gustaba, le quedaba bien, y lo podía comprar, simulaba desinterés y se iba a otro lugar. A veces jugaba a ser un chico que estaba enamorado y que cada vez que se acercaba su amor lo trataba con desprecio y actuaba con indiferencia. A veces jugaba a ser "grande" y a decirle a los chicos "no porque no!" o "no corras que te vas a caer" o "podés jugar pero no te ensucies" y todas esas cosas que a él no le parecían más que las mejores incoherencias del mundo.

Guau... el "mundo"... qué pensamiento poderoso le había rodado por la cabeza!

Salpúvedo había sido muchas veces parte de esas situaciones desde un rincón invisible, cosa que no le era difícil encontrar en cualquier ambiente dado su tamaño. Solía presenciar atentamente los diálogos de los humanos experimentando infinitas sensaciones (se había dado cuenta de que podía sentir lo que otros estaban sintiendo). Así le pasaba que en una misma discusión, por ejemplo, se sentía apremiado y al mismo tiempo apremiante, fuerte y a los pocos segundos débil, confiado y dubitativo. También había sucedido que ciertos diálogos no eran conflictivos, sino simplemente amenos, y fluian como fluye el reflejo de la luna en un mar de noche, desde la orilla hasta donde se dobla el mundo, allá en el horizonte, con una calma y una inmensidad infinitas. Esto lo había encantado y le había parecido lo más maravilloso que había descubierto hasta el momento.

Desde que había llegado al mundo Salpúvedo sólo había dicho una palabra. Las demás se las imaginaba. Ya había aprendido muchas, muchísimas palabras del idioma humano, pero nunca las decía. Ni siquiera había probado pero tampoco se había detenido a pensar en esa posibilidad. Cuando jugaba se imaginaba a los humanos hablando y podía escuchar las voces en su mente, pero su boca sonreía o gesticulaba sin decir ni "mu". Sin embargo eso cambió poquito tiempo después, cuando se detuvo a observar a un grupo de amigos jóvenes que charlaban de sus vidas. Todos planteaban sus deseos de hacer cosas en el futuro. Algunos hacían estos planteos muy felices, mientras que otros los hacían con un cierto desdén. Los que estaban felices estaban felices porque su propia idea los encantaba y los motivaba a intentar realizarla. Los que estaban un poco tristes racionalizaban acerca de lo difícil y altamente improbable que sería llevar su idea a cabo y eso los desilusionaba muchísimo. Después de un rato, a Salpúvedo se le escapó la palabra: "Plekzsla!" dijo exaltado, como si la palabra hubiera venido de más allá, gritada por otro, con un entusiasmo feroz. Se acurrucó en la esquina para que los chicos, que se habían dado vuelta al escucharlo, no lo vieran. Y no lo vieron. Pero todos se sumieron en un largo e inexplicable silencio después de eso, como si de pronto otra idea los hubiera sumido a todos en el mismo pensamiento. Y efectivamente, así estaba siendo... la palabra de Salpúvedo que a sus oídos no había sido más que un ruido extraño, se había sumido en sus pensamientos y se desdoblaba de a poquito... "tan simple como uno quiera".

2 comentarios:

  1. ¿Es que acaso seguís por acá? Te perdí el rastro...

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  2. Qué extraño encontrarse tan a temporalmente. No sigo. Quizás lo intente de nuevo :). Usted?

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